Opinión: El estigma del preso político
La naturaleza de los gobiernos totalitarios necesita exterminar a sus adversarios cruzando los umbrales de la civilidad de los procesos jurídicos y penales. La ley que esgrimen y aplican es una consecuencia de las pulsiones irracionales de sus ideologías. Alexander Solzhenitsyn, en su novela testimonio,Archipiélago Gulag, reconocía que en la época zarista los presos políticos podían ser tratados como personas por las propias autoridades penitenciarias, y como héroes, por la mayoría de la sociedad rusa. Es decir, ser preso político tenía un valor moral. En cambio, en las posteriores prisiones y campos de concentración soviéticos, los presos políticos eran considerados algo menos que escorias. No solo debían desaparecer de la vida, sino de las fotografías.
Hoy, en el sistema carcelario de Venezuela, los contrastes de la realidad penitenciaria se agravan, cuando el Gobierno establece consideraciones distintas entre presos comunes y presos políticos. Los presos comunes tienen el legítimo derecho de alcanzar su identidad y nombre particular, cuando exigen condiciones de dignificación, aunque éstas casi siempre sucumben en promesas. Sin embargo, las sucesivas protestas, amotinamientos y hechos cruentos dentro de las cárceles, les ha permitido a los presos comunes conquistar un poder que nunca antes habían tenido. La población delincuencial, los llamados pranes, al ser quienes controlan y administran los recintos penitenciarios, son los que finalmente negocian con el otro poder representado en el Estado. Los presos políticos no. No tienen ningún derecho porque han sido juzgados desde la venganza personal del poder. Por lo tanto, para el gobierno son Nadie.
Los pranes han creado una sociedad de jerarquía y esclavitud en el interior de las cárceles: se reparten entre las demás bandas el hacinado espacio carcelario, venden el aire, distribuyen las violaciones y fundan hasta un lenguaje. Se aseguran un sofisticado parque militar, un sistema comunicacional tecnológico con el cual planifican, secuestran y extorsionan a la sociedad de allá afuera. Tienen discotecas y a través de la complicidad de carceleros a su servicio, se garantizan el suministro de drogas y bebidas alcohólicas. Entre sus fans, se hallan voluptuosas vedettes que les ofrecen shows en las madrugadas lujuriosas. Los pranes tienen la facilidad de promocionarse colocando en YouTube los videos de sus hazañas tenebrosas; como aquél que circuló en medio del estupor de curiosos espectadores, en el que podía vérseles jugar al fútbol con la cabeza de un preso decapitado. El mismo Presidente de la nación, como máxima figura del poder constituido, al establecer directa negociación con ellos, les ha reconocido su poder paralelo al Estado. Porque para ambos, pranes y presidente, la democracia es el peligro fundamental, y no la dictadura que edifican cada quien por su lado.
Frente a esta realidad, paradójicamente, el preso político actual de Venezuela se consume en el olvido de un régimen dictatorial que lo humilla y lo degrada, porque éste persigue borrarlo de la memoria colectiva, también de la propia luz del Sol. No solo se le niega seguridad y atenciones médicas oportunas, por igual, el amparo o socorro de las instituciones internacionales de los derechos humanos. Eso explica el por qué las propias autoridades carcelarias, se arrogan el derecho de violar física y psicológicamente, cuando les viene en gana, a los presos políticos bajo su custodia. Lo que rebasa lo insólito es que el presidente de la República, en medio de su desventura, se niega a un gesto magnánimo hacia ellos.
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