La compleja labor de las Madres Promotoras de la Paz
Ser madre, para la mayoría de las mujeres, es una bendición. Ser una Madre Promotora de Paz, además, de una bendición, es una responsabilidad y un deber. Esas mujeres día a día educan a sus hijos y, a la par, laboran para sembrar las semillas de amor, tolerancia y paz en los hijos de otros.
El único propósito es lograr una convivencia pacífica en sectores donde la intolerancia y la violencia han ganado terreno. Es ahí donde estas mujeres avivan la esperanza inyectando vida a quienes se niegan a vivir en paz.
Por mucho tiempo, el sector La Victoria, en San Félix, ha sido protagonista de las páginas rojas de los medios de comunicación, pero desde hace dos años, ese grupo ha empezado a pintar las calles y muros de la comunidad con pinceladas de otros colores.
Estas mujeres están marcando un precedente en el lugar, mostrando a sus vecinos que existen derechos, que la paz y la vida son parte de éstos, y que en sus manos está el que se respeten.
No están solas. A nivel nacional hay grupos de Madres Promotoras de Paz, programa que inició de la mano de Fe y Alegría con el propósito de tratar el fenómeno de la violencia en las comunidades.
En Ciudad Guayana hay grupos en Las Amazonas, Cristóbal Colón, Brisas del Orinoco, Buen Retiro y otros.
Correo del Caroní presenta en esta edición especial, el rostro de algunas de estas mujeres que se enfrentan a la desesperanza de su comunidad, quienes además deben mantener un hogar y criar a sus hijos en medio de la violencia.
Educar para la paz
Claudia Brito no es graduada de maestra. El nacimiento de un hijo con condiciones especiales la obligó a especializarse en educación, eso sí, voluntaria, porque educa sin recibir un sueldo fijo.
Tiene 18 años desempeñándose como maestra comunitaria voluntaria. Inició en la escuela de Educación Especial Simón Bolívar, en Manoa, siguió en el programa de alfabetización de la iglesia y actualmente, en el porche de su casa, atiende a 13 niños en las tardes.
Está convencida de que su misión es educar para la paz, y trasmite el mensaje a sus alumnos, a quienes les siembra “la semillita de la paz. Les explico que la paz se escribe con ‘p’ de persona. Debemos cambiar nosotros para vivir en paz con los demás”.
Con ese pensamiento fue que consiguió ser madre promotora de paz. “Primero debemos cambiar nosotros para ser promotoras, primero debemos aprender la paz en el hogar, inculcarla a nuestros hijos y nietos dentro del hogar, para luego hacerlo afuera y llevar el mensaje”.
Asegura que “no es fácil”, porque hay muchas críticas, problemas y señalamientos. “Igual seguimos haciendo el trabajo. Cuando estás en paz puedes hablar con esos jóvenes que andan en mal camino. Quizás se rían al principio, pero algún día te escucharán y cambiarán su vida”, dice.
Su serenidad al conversar hace que no se pierda ningún detalle de sus palabras. Habla con tanta seguridad y calma que la artrosis que sufre pareciera no afectarle nada. Aunque explica que algunas veces no puede ni movilizarse del dolor, actualmente siente que está “volando” y por eso se dedica a trabajar.
Vida propia
Claudia tiene tres hijos, de 23, 25 y 29 años respectivamente. Su esposo algunas veces le reprocha su ausencia cuando está laborando en actividades en la iglesia, pero “él entiende que esto es lo que me gusta hacer, y quiero darle más a la comunidad”.
Reconoce que falta mucho por hacer, está consciente que todavía hay trabajo pendiente en La Victoria: aunque lo que hacen no da resultados de inmediato, sostiene que son sus nietos quienes verán los frutos de su labor.
“Somos humanos, no somos perfectas. En este camino te das cuenta de que la misión es que los problemas se solucionen en paz, y en el lugar que estemos, seremos réferis de paz”.
Desde el seno del hogar
Delvalle Ruiz no para de sonreír mientras conversa. Sus ojos color miel contrastan con el tono oscuro de su piel, y sus gestos alegres “contagian a los demás. Por eso siempre me río”.
Se considera una mujer bendecida: su familia la acompaña y apoya en el trabajo que hace con la iglesia y la comunidad. “Cuando decidimos formar y tener un hogar, nos unimos teniendo la paz como prioridad. No tuve la dificultad dentro de mi hogar para eso (…) dialogamos, aprendimos que con amor podemos hacer muchas cosas”.
|
Sus dos hijos, al igual que su esposo, participan en las actividades de la iglesia. Explica que trabaja por el sector desde 1995, cuando se inició con las comunidades eclesiales de base. Allí aprendió un lenguaje cordial, a desenvolverse en un ambiente de fraternidad y caridad.
“Al ver cómo se iban incrementando los índices de violencia en el sector, no nos pudimos quedar tranquilos. Algo teníamos que hacer, y eso nos llevó a volcarnos al resto de la comunidad, a llevar el mensaje de las comunidades eclesiales de base, a enseñarles lo que habíamos aprendido”.
Actualmente da clases de peluquería a jóvenes que deseen aprender un oficio. Trabaja en el Centro Educativo Divino Salvador (Cedisal), donde ofrecen talleres y cursos gratis de promoción social comunitaria.
“Nuestra idea era alejarlos del mal camino, que ocuparan su tiempo libre en actividades productivas, que se alejarán del ocio. Tenemos tres años trabajando con esto”, especifica.
Su esposo labora como chofer en una línea de transporte que cubre la ruta de La Victoria; además, dictan catequesis familiar y orientan parejas, entre otras responsabilidades dentro de la iglesia.
Mantener viva la esperanza
Delvalle asegura que una de las cosas más difíciles es avivar la esperanza en la comunidad. Señala que en el sector abunda la desesperanza porque los vecinos han perdido la confianza: asemeja al sector con los sentimientos de sus habitantes.
“Los vecinos han perdido la fe, pero tenemos que trabajar para regresarle la esperanza a la gente, porque nuestra misión es levantarlos, animarlos, avivar a esa fe. No debemos esperar que el gobierno haga, ni que otro lo haga, sólo nosotros debemos contagiar con alegría a nuestros vecinos”, indica.
En La Victoria, este grupo de mujeres son respetadas. Han forjado una credibilidad con esfuerzo y trabajo, dando a la comunidad todo su ser, con la esperanza que mañana sea un sector ejemplar de convivencia pacífica, una referencia de hermandad.
Diogelis Pocaterra
dpocaterra@correodelcaroni.com
Foto Diego Meinhard
Comentarios
Trackback from your site.



